El secreto de la polilla
Jesús Manya Salas
El arquitecto salió del Emmanuel acompañado por una de las cabareteras más codiciadas y valoradas en proporción a la veleidad de su cuerpo y gracia. Era como tantas de ellas una madre soltera y abandonada con dos hijos a los veintitrés años; estudiante de arquitectura en la Ricardo Palma de Lima, llegó al Cusco escapando del patán de su marido, director de un diario nacional, que la dejó en la miseria por una de sus periodistas. Derrochar unos dólares más, luego de haber invertido en tragos durante toda la noche, no importaba para completar la faena semanal; por lo menos sus cachuelos en la Organización No Gubernamental, más altos que el sueldo en la municipalidad, servían para sus pequeños vicios y grandes deseos. Por otro lado, con Wendy tenía empatía profesional, en las conversaciones de urbanismo y diseño en la intimidad de turno.
Al llegar al hostal el nochero preguntó con cachita si el señor utilizaría el cuarto de costumbre, una impertinencia consciente y premeditada que originó la sonrisa de la dama, una señorita puta con estudios superiores, que comprendió la ironía y aconsejó a su acompañante nunca olvides la propina para evitar estos comentarios y mantener la distancia con los desconocidos. Nublado por el alcohol asintió con su cabeza la recomendación y subieron por las escalinatas al segundo piso, a los fugaces nidos de amor.
A los minutos la habitación de siempre se transformó en el centro de una orgía de agitados jadeos y gemidos que desplegó a todo pulmón la dama de compañía, convirtiendo el pequeño hostal en una locura de protestas de los que tenían sueño y en el caso de otras parejas que empezaron a exigirse el mismo ritmo. Durante los cinco años de concurrente hostalero con diversas amiguitas, jamás había llegado a semejante capacidad y talento para los trotes del amor.
Considerando que los gritos prolongados y exigentes ya pasaban el límite y que la faena aún tenía proyección, el cuartelero tuvo que actuar amenazado por algunos pasajeros que reclamaban parar o silenciar el disfrute y el coro mimoso a viva voz. Obligado a intervenir para acabar con el concierto, el empleado utilizó la llave de repuesto que existe en todos los hoteles para abrir silenciosamente la puerta. Superando sus falsos pudores ingresó a la habitación y lo que encontró fue una historia muy distinta al campo de batalla que todos imaginaban; el arquitecto roncaba a todo pulmón tirado en la cama y boca abajo, expiando su tremenda borrachera. En cambio, la damisela en la ducha actuaba al compás del agua caliente, jadeando, gritando, pidiendo más y más, reclamando mayor virilidad en actuación de película.
Indignado, aunque cagándose de risa en su interior, el cuartelero la mandó callar con el silencio del dedo en la boca y le preguntó en voz baja por qué hacía tanto escándalo con un borracho y roncando; ella contestó con naturalidad cínica, que su profesionalismo nocturno no le permitía ganarse los billetes sin cumplir con los placeres del contrato; por los menos los cien dólares que había pactado por su servicio debían ser cumplidos limpiamente, para que cuando despertara existiera en el subconsciente del cliente una noche placentera de amor intenso. Luego procedió a vestirse y limpiar la billetera del arquitecto por sus honorarios y el crédito que le debía de otras noches apasionadas, entregando una propina al cuartelero, para que sirviera de testigo por si preguntaba algo a su salida el colega cliente.
La historia quedó sellada y guardada en secreto bajo cuatro paredes, entre la arquitecta del amor y el nochero; el histórico dormilón volvió muchas veces más con otras ninfas discotequeras, saliendo descargado de sus tensiones y abrazado a sus compañeras de noche para beber en otros bares y retornar a su nido si había recarga. Normalmente el domingo regresaba a su casa, al tradicional almuerzo familiar que disfrutaba en compañía de la música criolla para la degustación; una tarde al escuchar "este secreto que tienes conmigo nadie lo sabrá, este secreto seguirá escondido una eternidad; yo te aseguro nunca diré nada de lo que pasó, y no te preocupes que todo lo nuestro queda entre tú y yo... Nadie sabrá que en tus brazos, borracho de amor, me quedé dormido"; quedó petrificado y con disimulado esfuerzo trató de recordar algo, pero sus pensamientos no respondían a nada sobre aquella noche.
Sentado en las graderías del Estadio Garcilaso, mientras esperaba con impaciencia el partido de fútbol entre el Cienciano del Cusco y el Universitario de Lima, un rumor de piropos y silbidos atronadores de admiración lo despertaron y llegaron junto a una caricia y beso que le estampó la dama del Emmanuel; ruborizado por descubrirse ante el mundo como un concurrente de los puti club y orgulloso por otro al tener a semejante belleza y monumento de mujer a su lado, para envidia de los miles de hinchas del estadio, asumió su papel y atendió a la amiga con todos los requerimientos de un corazón enamorado.
Concentrado no reparó que repetían la canción y las letras que le impactaban, mortificaban y avergonzaban el subconsciente, ella sonrió con picardía y le cantó al oído toda la canción, con los énfasis correspondientes del caso. Al despedirse quedaron citados en el Emmanuel para reconstruir los hechos y saldar cuentas, la buscó por la noche pero ella había partido a Juliaca a sustentar el examen de grado en la Facultad de Arquitectura, estudios que cursó en un programa especial a distancia en una de las tantas universidades informales que existen. La próxima cita será entre colegas y en mi cubículo de trabajo y se fue a buscar otras polillas para variar su menú varonil.
sábado, febrero 26, 2011
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)



0 comentarios:
Publicar un comentario