LOS SECRETOS DEL PUMA:
“El honor es su divisa”
Por: Jesús Manya Salas
El Benemérito Guardia Civil del Perú, don Juan José el “Chino” Saravia, fugó del puesto policial de Checa con la ayuda de su promoción, el cabo Peña, que a diferencia del prófugo era muy apreciado en el pueblo por su honradez y dedicación a su labor policial. La paciencia de los comuneros llegó al límite con el nacimiento del noveno niño de apellido “Chino”. Muchas solteras y casadas del pueblo habían desfilado por los dormitorios de la Comisaría, gestando a la nueva generación. Aunque nunca se supo a ciencia cierta si todos eran hijos del policía, lo real es que casi todos confundieron el apelativo del guardia y el apellido “Chino” muy común en el lugar. De tanto retorcer el rumbo de su vida, originó la más estúpida de las confusiones. El “Chino” Saravia en su estadía de tres años desordenó y trastocó las buenas costumbres y el respeto en el pueblo; había hecho todo para contrariar el lema “El honor es su divisa” que encabezaba el frontis del local del puesto policial.
Las reces robadas que recuperaban las patrullas que él dirigía, nunca regresaban a sus dueños; terminaban en los camales y mercados de los pueblos cercanos. Ingresaba con cualquier pretexto a las casas de los pobladores y saqueaba sus pobres pertenencias; cargaba las gallinas y ovejas para servirlas en sus parrandas con sus amigos profesores y autoridades del distrito. Sus frecuentes borracheras terminaban a punta de pistola en las chozas de las jóvenes a quienes acosaba durante la semana; metía en el calabozo a los padres y abusaba de ellas.
Escapando llegó al puesto policial de Izcuchaca, nuevo centro de trabajo, parecido más a un premio que a un castigo; sus tíos, un suboficial y el otro un sargento, habían movido sus fichas para evitar una sanción al sobrino. Los Saravia eran una ejemplar familia policial que no podía terminar deshonrada por el comportamiento irresponsable de un jovenzuelo. La tradición del apellido en la Guardia Civil fue iniciada por su tatarabuelo desde su creación institucional, vistiendo el uniforme rojo y negro de los primeros “wayruros” de los civiles de la república, como así los llamaban por entonces. La fama del “Chino” menor pronto trascendió la provincia por su disipada y dispendiosa vida; para cubrir sus gastos cobraba cupos a todos los camiones que transitaban por Izcuchaca, un puerto ideal y estratégico por la ramificación de vías. Por sus calles circulaban carros a Lima, Urubamba, La Convención y Abancay entre otros lugares. Por tanto, la billetera del boletero alcanzaba para sobornar a sus propios jefes y oficiales que comandaban y permitían las fechorías.
De nuevo la vida rondaba fácil como en Checa. En un primer momento arrastró a su cama con algo de billete a todas las fruteras, carniceras y verduleras del mercado. Sin embargo había una piedra que mortificaba sus botines. Se trataba de una estudiante universitaria que lo tenía en pindinga, fatal, enchuchado, camote, templado, tal como festejaban burlonamente sus compañeros. De a pocos fue perdiendo la cabeza; Marisol lo plantó en varias oportunidades, rechazando tajante y frontal las pretensiones del uniformado; hiriendo su orgullo de macho policía al señalar que una señorita universitaria y estudiante de ingeniería no estaba a la altura de un guardia ignorante de cinco por medio. Por algo apellidaba Luna; con abuelos hacendados y dueños de todas las tierras y cerros de la Provincia de Anta, que por ahora las disfrutaban los indios beneficiarios de la reforma agraria. Del prepotente, matón y grosero que acosaba a las mujeres del campo no quedó nada. Arrugó a un desconsolado, acomplejado e indefenso enamorado. Bebía descomunalmente en sus horas y días de franco; luego empezó a pedir permiso y finalmente a abandonar su trabajo en pleno servicio de inamovilidad que dictaban sus jefes. Ni siquiera los castigos, incomunicado en un calabozo, lograron cambiar su determinación de morir por amor.
En su bar favorito hacía retumbar boleros cantineros, repasando hasta la neurosis las canciones de Iván Cruz y Anamelba. Unos choferes que ingresaron a beber cervezas pronto se cansaron y aburrieron con la letanía suicida de las letras. Uno de ellos salió del Bar Restaurant La Anteñita y buscó en la gaveta de su camión nuevas cintas de música para reemplazar al bolerista lacrimógeno, aunque ausente y sin querer, empezaba a ser odiado por todos los borrachines que disfrutaban sus tragos en una de esas medias mañanas comunes y aburridas. El camionero fingiendo una de las mayores ingenuidades y tranquilidades se acercó a la dueña de la cantina y puso en la mesa varios cassettes para reemplazar el que reiteradamente sonaba. La señora se puso nerviosa y señaló con la mirada a uno de los rincones en cuya mesa había un joven policía que bebía descontrolado y fumaba como una chimenea. Cada cierto tiempo acompañaba cantando los boleros y se agarraba la cabeza con crispación neurótica y los ojos llenos de lágrimas; era una piltrafa humana que generaba conmiseración en cualquier observador. La cantinera se negó rotundamente a cambiar la música. Dijo en voz baja que no estaba dispuesta a cargar con la muerte del guardia. En las primeras horas de la mañana, al ingresar a beber había amenazado con quitarse la vida sino lo atendían con la cervezas que solicitaba y respetaban su decisión de disipar su mal de amores con las canciones de Iván Cruz. Todos en el pueblo conocían lo bravucón y arrebatado que era el hombre y consideraban que sus amenazas no eran palabras como las de otros fanfarrones borrachos. A pesar de todo era un hombre de palabra, aunque sea para la maldad. La dueña, para hacer más verosímil su argumento, señaló que el comportamiento suicida y extraño del muchacho era por culpa de una cachimba universitaria que andaba choteando los requerimientos amorosos del joven por su condición policial, un casi nada para las pretensiones de ella y su familia.
La mesa de los amigos comentó que la pretendida debía ser una mamacita, una modelo de película o un monumento, para que chiflara de amor a un suicida. Llamaron a la dueña y preguntaron por la afortunada. La respuesta los dejó perplejos y mudos; con un aire preocupado señaló que se trataba de su hija menor, con un carácter fuerte heredado de su padre y que no le gustaban los uniformados y menos los guardias.
Aprovechando la sorpresa, uno de los borrachines ante la ausencia de la dueña que entró a lavar vasos a la trastienda, cambió el cassett de Iván Cruz por unos waynos; al minuto sonó un disparo y el policía cayó fulminado. Murió uniformado cumpliendo su palabra, honrando a su benemérita institución. Con el grito de la madre y los bohemios que volvieron en sí por el susto, apareció una mujer de regular estatura, bonita e informal en su vestir pero bien plantada, con aire despreocupado miró de lejos y murmuró, guardia cojudo, total, para lo que servía.
Los camioneros tan acostumbrados a los vaivenes con las mujeres en cada pueblo, salieron
comentando que efectivamente era demasiada mujer para el pobre tombito.



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