domingo, enero 15, 2012

CUENTO: A LOS FILOS DE UN CUCHILLO - REVISTA AMARU

A LOS FILOS DE UN CUCHILLO

Jesús Manya Salas

Cuando María Cristina amenazó con retornar a su pueblo, dejando a un lado mis ruegos y amores, me rompió el corazón y creó una gran desilusión y las ganas de morir, busque en los tragos el refugio para mi desdicha y en esos días escabrosos planifique mi venganza detalladamente. Si no hacía caso a una última demanda de volver a mis brazos, si era preciso iría al mismo infierno a buscarla, a solicitar en matrimonio a sus padres; cada escenario y contingencia fue analizado cabal y meticulosamente junto a mi patota del barrio. Cuanto más bebía en esta recaída alcohólica, más recordaba su frágil cuerpo, enroscado y jugueteando en mi cama, soñaba con su cara delicada y la sonrisa inocente que emanaban sus labios y ojos negros.

Canté hasta el aburrimiento de mis amigos, aquella melodía que le dedique para que cambiara de opinión y fue indolente a mi plegaria, de nada sirvieron las letras que nos dedicó alguna vez mi paisano en la fiesta del coliseo. Te conocí en una tarde verano, y yo te vi, me enamore sin repararlo. Y tropecé de nuevo con la misma piedra. Te prometí quererte y nunca olvidarte. Y te ofrecí todo mi amor y me dejaste. Hoy que te vas, mi corazón y mi alma lloran, hoy solo está mi corazón y mi alma sufre. Dónde estás corazón de piedra, vuelve mi amor corazón de piedra; con estos recuerdos y otros, mi borrachera duró semanas de eternidad y no tenía ganas de pensar en nada, salvo en la maldita traición.

Por esas noches oscuras volvió a recorrer por mi cerebro nublado el miedo y el terror que marcó mi adolescencia, aquellos días en que los milicos mataron a mis padres acusándolos de terroristas a quienes miré impotente y asustado de lejos, oculto desde una cerca vieja de espinas, contando los disparos mortales y aturdido por el sadismo con que rociaron y quemaron con kerosene sus cuerpos, para desaparecer sus huellas. Hasta ahora cuando escucho unos cohetes en las fiestas patronales, vienen a mis recuerdos los disparos de las ametralladoras de los militares y la explosión dinamitera de los cumpas como llamaban a los senderistas.

Escapé a Lima con la ayuda sigilosa de algunos tíos y llegue de frente a cargar unas esteras para invadir unos arenales en San Juan de Lurigancho, todos los invasores éramos desplazados de la guerra, víctimas de las balas asesinas de ambos bandos. Los primeros días extrañaba a mis padres, chacras y árboles, a los pájaros y animales de casa, no me acostumbraba a la arena, sin agua y sin techo, pero a dónde iría sino conocía a nadie en esta Lima tan grande y misteriosa. En las noches con algunos niños y niñas, nos tirábamos en el arenal para contar las estrellas del cielo, al igual que yo huérfanos de todo, también añoraban a sus tierras y padres muertos en la guerra.

Un día, colgados de unos viejos camiones y cisternas que vendían agua, descubrimos la Plaza de Acho, a sus fruteras y boleteros de los microbuses, cholos como nosotros; en mi pueblo había soñado con ser ayudante de camionero y luego chofer; a medida que nuestras aventuras con los niños de San Juan Lurigancho alcanzaban la Avenida Abancay y el Parque Universitario lleno de ambulantes y choros, empezamos a cambiarnos de camioneros a marinos, de regreso a casa juramos capitanear un barco que surcara los interminables mares de arena y polvo; pero luego de conocer el Jirón de la Unión y la Plaza de San Martín, la Plaza Unión y la Plaza Dos de Mayo,  comprendimos que los micros que gorreábamos y que salían de Canto Chico hasta La Parada o la otra ruta a la Bolognesi, no eran barcos ni aviones, eran submarinos que buceaban entre tanto edificio sucio y gris.

En todos esos trayectos empezamos a trabajar por necesidad y hambre; primero cogiendo prestados unos churros o frutas sin el permiso de sus vendedores y dueños, luego cantando en los micros grandes, los waynos ayacuchanos que conocía y recoger unas monedas, en varias ocasiones me hicieron repetir. Quién no para en las cantinas, tomando una cervecitas. Quién no llora por su amor. Quién no sufre una decepción. Era una premonición o simple curiosidad y nostalgia de los pasajeros de entonces, nunca lo supe hasta el día de hoy.

Tanto recorrer en las combis y carcochas, conocía todos los paraderos y recovecos de la ruta de los micros; si los negros de La Parada querían a la rica Vicky, los cholos teníamos al rico Luri carajo y yo empecé a querer a mi nuevo distrito, que empezaba por Caja de Agua en las faldas del Cerro San Cristóbal, donde vivían ladrones plantados y policías jubilados que habían emigrado de Mendocita. A medida que avanzaba nuestro carro, submarino saltamontes por los brincos en los huecos y las piedras de la trocha, empezaban a surgir unos pequeños postes con luces tenues que más parecían velas o mecheros que luz eléctrica; por la derecha estaban las casas de la Cooperativa Las Flores y por la izquierda los roquedales de Canto Chico, territorio y dormitorio de serranos como nos despreciaban los limeños. Para los que vivíamos en la profundidad del arenal, estos eran barrios residenciales respecto a nuestras casas de mil estrellas, de nuestras chozas divisábamos por sus techos llenos de huecos en los tablones o plásticos que enfrentaban la llovizna, todo el espacio sideral. En el paradero doce las mamachas del Cusco y Huancayo, preparaban en sus carretas la rica fritanguita, el choncholí, las habas cocidas con choclo serranito, que acompañábamos con un vaso de emoliente, para matar el frio o rematar el estofado de gallinazo.

El profesor en la escuela nocturna, nos decía que San Juan de Lurigancho, era una creación de poetas locos y niños soñadores cómo éramos por esos tiempos; así nació Canto Bello un verso de esteras para los pobres recién casados; Canto Rey como un reinado imaginario para sobreponerse a la miseria; Canto Gallo para tener la fuerza del grito esperanzador y levantarse cada mañana a trabajar; Canto Grande de interminables calles y casas; de estas chozas y mansiones de ternura, partían en las madrugadas centenares de paisanos a comprar productos en el mercado mayorista de La Parada, para revenderlas en las nuevas y pequeñas paraditas, que empezaron a surgir en cada pueblo joven; otros desde Las Flores un poco más tarde cargaban sus grandes bultos de pantalones y poleras, vestidos y sacones al Parque Universitario y Grau, mercadería a la moda replicada de las exclusivas boutiques de Miraflores y San Isidro, copias fieles confeccionadas en una sola noche de labor familiar, con padres y tíos que remallan, niñas que pegan los botones, tías que planchan, abuelos que preparan el aguadito para la madrugada, años más tarde muchos partieron de Lurigancho a las galerías y fábricas de Gamarra el nuevo centro comercial de vestidos y textiles.

Más tarde surgieron los asentamientos humanos en los que vivo: José Carlos Mariátegui, Horacio Zeballos, Manuel Scorza, José María Arguedas y otros de acuerdo al color de las ideas de los dirigentes y promotores de las invasiones; la temida y satanizada cárcel de Lurigancho, terminó rodeada por cercos policiales, chozas de carrizo y plástico, construidas en base a las polladas, frejoladas y anticuchadas, como los aynis y minkas del ande. En estas fiestas sonaban indistintamente: el Trió Ayacucho, los Errantes de Arequipa, Amanecer de Huancavelica, Pastorita Huaracina, Picaflor de los Andes, Condemayta del Cusco, junto a los Destellos, los Diablos Rojos y más tarde Los Shapis, Chacalón y la Nueva Crema, que alegraban nuestra alma chola y nostálgica.

Ahora que tengo atravesado y sangrando mi corazón con dos puñaladas, todavía suspiro con la canción que cantaba mi madre en sus horas de tristeza, entregar mi vida quisiera, a los filos de un cuchillo, a ver si de esa manera, se acabara mi existencia. En pocos segundos se acabará para siempre mi atribulada vida. Antes de clavar mi tercer apuñalamiento, saco por última vez el cuchillo de mi pecho y evoco mi despedida final. Qué puedo hacer, si te amo más que ayer. Muchas veces he intentado olvidarte para siempre, pero este terco, terco corazón te sigue queriendo. Sin tu amor, ya no puedo más vivir. Por fin descansare en paz a tu lado en el regazo de tu muerte, cumpliendo mi promesa que será descrita por la policía como un crimen pasional; las siete estocadas y la sangría de tu quebrantado cuerpo pueden dar esa sensación y sabes en tu último aliento que no es así, nuestra muerte es una sublime alianza para eternizar nuestro amor.

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